Todo había concluido. Era el 4 de Nissán en el calendario judío, víspera de la pascua hebrea. Aquel Hombre crucificado, que había padecido dolores y sufrimientos y que había muerto perdonando a quienes le había conducido a aquella muerte ignominiosa, colgaba ahora del madero sin vida.

Se ha dicho que la ley romana era tajante en lo referente a los crucificados: sus cuerpos debían permanecer clavados para ser pasto de los animales carroñeros, todo ello para mayor escarnio y para remarcar el carácter ejemplarizante del castigo (buena prueba de ella es el fin de la sublevación de esclavos capitaneada por Espartaco en el siglo I a. C.) No obstante, historiadores de la época, como Filón, comentan que era costumbre extendida “al llegar las fiestas” entregar los cuerpos de los ajusticiados a sus familiares para que les dieran sepultura. Sin embargo, en aquella tarde de víspera de fiesta, dos hombres acudieron a la sede del gobernador Poncio Pilato. Como miembros del Sanedrín tenían facilidad de acceso aunque, al tratarse de un edificio habitado por gentiles, corrían el evidente riesgo según las leyes judías de quedar impuros. Los Evangelistas nos narran con poca precisión el trámite, pero lo cierto es que José de Arimatea logró su propósito: conseguir que Pilato les concediera el cuerpo de Jesús de Nazaret.

Pero, ¿quién era este José de Arimatea?. Su apelativo hace referencia a Arimatea, población situada al noroeste de Jerusalén, llamada en la antigüedad Rama o Ramataín, aunque actualmente los estudiosos de la materia la sitúan como la actual Rentis.

José de Arimatea es mencionado en una sola ocasión, pero lo hacen los cuatro Evangelios (Mc 15, 42-47; Mt 27, 57; Lc 23, 50-56; Jn 19, 38). El tono hacia él es siempre de alabanza, siendo cristiano de fama en la primitiva Iglesia de Jerusalén. Marcos y Lucas dicen que esperaba el reino de Dios; Mateo y Juan afirman que era discípulo de Jesús, es decir, cristiano. Ambas fórmulas de calificarlo no son exactamente iguales, es probable que los dos primeros utilicen esta fórmula para afirmar que el de Arimatea no quería hacer pública su condición de seguidor del Nazareno. En efecto, Juan dice abiertamente que era discípulo, pero oculto por temor de los judíos.

Y es que José era miembro del Sanedrín, concretamente uno de los ancianos, es decir, uno de los jefes de familias patricias. Marcos los llama decurio, y Lucas nobilis decurio; un sanedrita y de la clase de los ancianos. Mateo además señala que era rico, acaudalado (homo dives) debía serlo ciertamente por el lugar donde estaba el sepulcro de su propiedad, un sitio representativo. Lucas, en su evangelio, lo encomia como hombre bueno y justo (vir bonus et iustus), que no se había plegado a la decisión del Sanedrín de matar a Jesús, aunque hay que decir que tampoco se la jugaron en su momento en favor del Maestro.

Ignoramos si estuvo presente en las reuniones en las que se preparó el prendimiento, ni si fue testigo de lo sucedido en el Huerto de los Olivos. Algunos autores estiman que es probable que se enterara de lo sucedido el mismo Viernes por la mañana y que, incluso, intentara utilizar su influencia política por salvar la vida del Nazareno, sin éxito.

Quizá estuviera presente en el momento de la condena, pero es evidente que no movió un dedo de más. Sin embargo, tampoco hay que cargar las tintas con él. Merece la pena reseñar cómo, a medida que pasa la jornada, se produce una especie de cambio que hace que pierda el miedo a figurar como discípulo, pese a la amenaza del Sanedrín de expulsar a cualquiera de sus miembros que se confesase seguidor de Cristo. No obstante, tuvo el valor de presentarse ante Pilato y solicitar audazmente, como dice Marcos, el cuerpo de Jesús.

Se acercaron con cautela a la cima del calvario. Puede que José de Arimatea, en calidad de miembro del Sanedrín, mostrara al jefe de la guardia romana (quizá al famoso centurión Longinos) el documento por el que él se hacía cargo de Jesús. A José de Arimatea podemos verlo en el Paso de las Tres Necesidades (escala, sábana y sepulcro) de la Hermandad de la Carretería justo en el momento antes de iniciar tarea dolorosa de bajar a Cristo del madero.

La iconografía barroca, tan teatral como siempre, nos muestra el descendimiento como un momento de gran dramatismo, la Madre espera el cuerpo de su Hijo mientras que los Santos varones, provistos de escaleras, sueltan los clavos y con ayuda de una sábana descuelgan el cuerpo exánime. En nuestra imaginería procesional tenemos los ejemplos de los Pasos de la Quinta Angustia y de la Trinidad (Cristo de las Cinco Llagas) en los que ambos Varones en el primero, desde una posición complicada al hallarse en los últimos peldaños de las escaleras, buscan la manera de descender lo más delicadamente posible aquel cadáver magullado y cubierto de heridas. José de Arimatea es obra atribuida a Pedro Nieto (SA. XVII) y en esta ocasión lo podemos contemplar descubierto y hasta con una incipiente calvicie, constituyendo una imagen de gran expresividad. Si a ello añadimos el balanceo del Cristo del Descendimiento al compás del andar de sus costaleros tendremos una escena sobrecogedora y catequética a la vez. Por contra, la figura del Santo Varón que procesiona en la Hermandad de la Trinidad es obra más reciente de Ángel Rodríguez Magaña (1919).

Consumado el descenso, era necesaria una sábana para amortajar a Cristo, y aunque el tiempo se les echaba encima (faltaba poco para el sábado, fiesta judía en la que severas normas prohibían el desarrollo de cualquier tarea y que además se trataba de la víspera de la Pascua) todavía lograron lavar el cuerpo, envolverlo con una sábana y perfumarlo con aromas. José de Arimatea aparece en nuestro Misterio procesional portando un recipiente con los preceptivos perfumes junto a la Virgen de la Piedad y como esperando que las Santas Mujeres finalicen la tarea de limpiar las heridas del Redentor. Inclinado hacia adelante, en ademán solícito, observa con respeto el cuerpo del Maestro.

El traslado (magistralmente plasmado en el Misterio de Santa Marta por Ortega Bru en 1953) fue el último paso antes de llegar al sepulcro. José de Arimatea vuelve a cobrar protagonismo al ofrecer una tumba propia (algo característico en las familias ricas de aquellas calendas) y que según las leyes rabínicas debía estar a más de veinticinco metros de la ciudad. Excavada en la roca, mediría aproximadamente dos por cuatro metros y constaría de una entrada baja de altura, un reducido vestíbulo y la estancia destinada a depositar los cuerpos propiamente dicha; la abertura se sellaría con una gran piedra (llamada en hebreo golel) giratoria y empotrada en una ranura.

Tampoco conviene olvidar cómo el evangelista San Juan destaca el hecho de que el sepulcro de Arimatea era nuevo y en él no había nadie depositado, detalle con el que pretende poner de manifiesto que el cuerpo de Cristo fue el único allí colocado y que por tanto sería imposible cualquier confusión con otro cuerpo. De allí sólo podría salir Cristo, y resucitado.

Como último ejemplo en la imaginería procesional sevillana tenemos el José de Arimatea que aparece en Paso del Duelo de la Hermandad del Santo Entierro, obra de Juan de Astorga (1829) y que curiosamente porta en sus manos el pergamino con la autorización del gobernador romano.

José de Arimatea desaparece de los Evangelios y de la Historia. ¿Qué sucedió con él? ¿Cómo fue su vida a partir de aquel nefasto Viernes Santo en Jerusalén?

Ante estos interrogantes no quedan respuestas científicas. Existe, es cierto, un evangelio apócrifo (es decir, no reconocido por la Iglesia) llamado la “Declaración de José de Arimatea” que lleva su nombre y que fue presuntamente escrito por él; en esos textos (cuyos manuscritos mas antiguos datan del siglo XII) en torno a su persona nos hablan de que llegó a estar preso por mor de la causa cristiana y que, milagrosamente liberado, llegó a acompañar a Cristo Resucitado en sus apariciones milagrosas tras su muerte.

Tampoco faltan teorías un tanto fantásticas y carentes de base histórica que hablan de un José de Arimatea portador del cáliz con la sangre de Cristo derramada en el Calvario y que viaja a través del Mediterráneo hasta llegar a Inglaterra, donde lleva la fe cristiana y fallece, siendo enterrado en el Monasterio de Glastonbury; con él se inicia el ciclo del Santo Grial y la leyenda del Rey Arturo.

Como último detalle, decir que como santo canonizado por la Iglesia, su fiesta se celebra el 15 de marzo y que, como no podía ser menos, José de Arimatea es el patrón de las funerarias.