Bien podemos afirmar que María Magdalena fue una de las amigas más queridas de Jesús, premiada por ello con la gracia de ser la primera en verlo resucitado (Jn 20, 16). Original al parecer de la aldea de Magdala (actualmente la ciudad de el-Medjdel en Galilea, en la orilla occidental del lago y cerca de Tiberíades) constituye una de las personalidades más apasionantes del Nuevo Testamento, tanto por su carácter como por su experiencia de Salvación vivida en su propia carne.

No es de extrañar pues que Doctores de la Iglesia como Ireneo, Orígenes, Hipólito de Roma la califiquen como “Apóstol de los Apóstoles”, ya que reúne las condiciones adecuadas para ser testigo de Cristo, no en vano asiste a los acontecimientos del Calvario, al Entierro e incluso es de las primeras en experimentar la buena nueva de la Resurrección de manos del ángel; el que en una sociedad tan profundamente machista como la hebrea sea una precisamente una mujer la que ostente tal apelativo no deja de ser una ironía. Pero si analizamos los evangelios con profundidad veremos que la sombra de esta María de Magdala planea sobre algunos versículos aunque no se la nombre directamente. Este hecho ha dado lugar a ciertas controversias y lo podríamos resumir de esta manera:

Para comenzar a responder a este interrogante, debemos referirnos a tres personajes bíblicos, que algunos identifican en una sola persona: María Magdalena, María la hermana de Lázaro y Marta, y la pecadora anónima que unge los pies de Jesús.

María Magdalena, así, con su nombre completo, aparece en varios pasajes, ocupando el primer lugar entre las mujeres que acompañan a Jesús (Mt 27, 56; Mc 15, 47; Lc 8, 2); está presente durante la Pasión (Mc 15, 40) y al pie de la cruz con la Madre de Jesús (Jn 19, 25); observa cómo sepultan al Señor (Mc 15, 47); llega antes que Pedro y que Juan al sepulcro, en la mañana de la Pascua (Jn 20, 1-2); es la primera a quien se aparece Jesús resucitado (Mt 28, 1-10; Mc 16, 9; Jn 20, 14), aunque no lo reconoce y lo confunde con el hortelano (Jn 20, 15); es enviada a ser apóstol de los apóstoles (Jn 20, 18). Tanto Marcos como Lucas nos informan que Jesús había expulsado de ella «siete demonios» (Lc 8, 2; Mc 16, 9) y aunque tradicionalmente esta referencia siempre se ha relacionado con la lujuria, no es menos cierto que algunos autores consideran que el número siete era tenido por aquel entonces como “número total” y que incluso puede hacer referencia a los siete pecados capitales, de lo que se sacaría como conclusión que María Magdalena logró una conversión total.

A esta María, de la que curiosamente nunca se menciona que ejerciera el “oficio más antiguo del mundo” se pretende sobreponer María de Betania, hermana de Marta y de Lázaro, quien aparece en el episodio de la resurrección de su hermano (Jn 11); derramando perfume sobre el Señor y secándole los pies con sus cabellos (Jn 11, 1; 12, 3); escucha al Señor sentada a sus pies y se lleva «la mejor parte» (Lc 10, 38-42) mientras su hermana trabaja.

Finalmente, hay un tercer personaje, la pecadora anónima que unge los pies de Jesús (Lc 7, 36-50) en casa de Simón el Fariseo.

La Iglesia Católica se ha inclinado claramente por la distinción entre las tres mujeres. Concretamente, en los textos litúrgicos, ya no se hace ninguna referencia -como sí ocurría antes del Concilio- a los pecados de María Magdalena o a su condición de "penitente", ni a las demás características que le provendrían de ser también María de Betania, hermana de Lázaro y de Marta. En efecto, la Iglesia ha considerado oportuno atenerse sólo a los datos seguros que ofrece el evangelio.

Por ello, actualmente se considera que la identificación entre Magdalena, la pecadora y María es más bien una confusión "sin ningún fundamento", como dice la nota al pie en Lc 7, 37 de "El Libro del Pueblo de Dios". No hay dudas de que la Iglesia, a través de su Liturgia, ha optado por la distinción entre la Magdalena, María de Betania y la pecadora, de modo que hoy podemos asegurar que María Magdalena, por lo que nos cuenta la Escritura y por lo que nos afirma la Liturgia, no fue "pecadora pública", "adúltera" ni "prostituta", sino sólo seguidora de Cristo, de cuyo amor ardiente fue contagiada, para anunciar el gozo pascual a los mismos Apóstoles.

Ahora bien, ¿qué fue de María Magdalena tras la Resurrección de su Maestro?. Nos movemos en el resbaladizo terreno de la conjetura e incluso la leyenda. Si hacemos caso a los Evangelios Apócrifos (algo no muy recomendable) vemos que la figura de esta mujer adquiere gran preponderancia en la Iglesia Primitiva, llegando a tener un enfrentamiento con el mismísimo San Pedro; San Pablo la olvida cuando cita los quinientos testigos de la Resurrección y todo parece indicar que la preeminencia de mujeres como Magdalena fuera pronto desterrada.

En el siglo VI podemos decir que comienza el culto a María Magdalena, donde se mostraba su tumba antes de que su cuerpo fuera trasladado en el siglo IX al Monasterio de San Lázaro de Constantinopla y en el año 720 Beda el Venerable fija la fecha de su fiesta litúrgica el 22 de julio.

En 1228 Jacobo de Vorágine redacta su Leyenda Dorada en la que se narra como María Magdalena (identificada como María de Betania) habría partido de Palestina en un barco en compañía de su hermano Lázaro, Marta y Maximino, y que tras un azaroso viaje habría desembarcado en Marsella (Francia). Lázaro habría sido obispo de aquella ciudad y Maximino de Aix-en-Provenze. Tras predicar el Evangelio y convertir a muchos, María Magdalena se retira durante treinta años a una cueva (llamada de Saint Baume o del Santo Bálsamo) donde someterá a su cuerpo a duras penitencias. La cueva, situada en la actual Vezèlay, será convertida en Basílica en 1054 por el Conde Girart de Roussilon y se convertirá en centro de peregrinación y devoción con numerosos milagros en su haber, albergando lo que se creía eran sus reliquias, asegurando así un constante flujo de peregrinos en el día de su santo, el 22 de julio. Esta tradición aún continúa y, cada año, la celebración incluye una procesión en la que se pasean sus reliquias por la ciudad. La iglesia, que ha sido restaurada de forma magnífica, destaca por su tímpano, considerado una obra maestra del estilo románico de Borgoña.

Estas leyendas, naturalmente, no tienen ningún fundamento histórico y, como otras tantas, fueron forjadas en la Edad Media para explicar y autentificar la presencia, en una iglesia del lugar, de las supuestas reliquias de Magdalena, meta de innumerables peregrinajes.

A partir de la Contrarreforma, el culto a María Magdalena, "pecadora perdonada", adquiere aun más fuerza. Como muestra de la devoción a esta Santa, baste decir que en 1517 Jacques Lefevre escribió el libro titulado De Maria Magdalena et Triduo Christi disceptatio, en el que sostenía que eran tres mujeres distintas las de los evangelios y ponía en tela de juicio la leyenda del viaje a Marsella. En 1521, la Universidad de París juzgó peligrosas sus enseñanzas y ¡el mismo rey Francisco I de Francia hubo de intervenir para que no lo juzgaran por herejía!.

Por lo que respecta a la iconografía con la que habitualmente es figurada, hemos de decir que su vestimenta varía naturalmente, según se la represente antes o después de la penitencia. En su período de vida mundana se exhibe con ropas de cortesana (in habitu meretricio). En el rico atavío que le concerniera la puesta en escena de los autos sacramentales o teatros de los misterios del barroco, llevaba un peinado llamativo, pendientes en las orejas, mangas acuchilladas y guantes... todo ello encajaría con los colores vivos con los que aparece vestida en sus imágenes pertenecientes a cofradías.

La figura de María Magdalena aparece en nuestra Semana Santa acompañando siempre acompañando al Redentor en su Pasión, así, la vemos al pie del calvario en los pasos de La Hiniesta (Castillo Lastrucci, 1944), Las Aguas (obra reciente de Álvarez Duarte), Siete Palabras (Gu tiérrez Cane, 1866), La Lanzada (Blas Molner, siglo XVIII), Montserrat (efigie anónima del XVIII), la podemos observar en los preparativos del descendimiento en la Hermandad de la Carreteria (obra anónima del XVII), en el propio Descendimiento con los Pasos de la Quinta Angustia (perteneciente al taller de Pedro Nieto en el siglo XVII) y de La Trinidad (obra anónima del XVIII), en el amortajamiento, esto es, en el Paso de nuestra Hermandad (obra atribuida al taller de Roldan de fines del XVII), en el Traslado al Sepulcro (expresiva imagen de Ortega Bru para la Hermandad de Santa Marta en 1952) y finalmente en el llamado Paso del Duelo de la Hermandad del Santo Entierro (tallada por Juan de Astorga en 1829).