Había sido un día duro. Probablemente ocupado en sus negocios y quehaceres habituales no habría reparado en que estaba anocheciendo. Las trompetas del Templo señalaron la oscurecida y nuestro personaje encaminó sus pasos hacia la residencia del Maestro. Quizá mirara hacia atrás en dos o tres ocasiones, no fuera a ser que alguien le siguiera. Algo angustiado, pero con un pálpito de esperanzada inquietud, nuestro personaje se detuvo ante la casa y penetró en ella. Como hombre público relativamente conocido, pues era miembro del Sanedrín, y dada su condición de hombre influyente, no cabe duda de que le fue fácil concertar una cita con quien en aquellos momentos movilizaba a muchos e inquietaba a otros: Jesús el Nazareno. Dejemos que sea el evangelista San Juan quien nos lo presente:

Entre los fariseos había un personaje judío llamado Nicodemo. Este fue de noche a ver a Jesús y le dijo: «Rabbí, sabemos que has venido de parte de Dios como maestro, porque nadie puede hacer señales milagrosas como las que tú haces, a no ser que Dios esté con él.»

Jesús le contestó: «En verdad te digo que nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo desde arriba.»

Nicodemo le dijo: «¿Cómo renacerá el hombre ya viejo? ¿Quién volverá al seno de su madre?».

Jesús le contestó: «En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu.

No haremos un análisis riguroso y total del sabrosísimo pasaje (Jn 3, 1-21) pero de él podremos extraer algunas conclusiones acerca de este Nicodemo que ahora intentamos descubrir. En primer lugar, su nombre traducido del griego significa “vencedor del pueblo” y esta helenización del patronímico era signo de la influencia que esta cultura extranjera tenían entre los hebreos, pues no era el único nombre de este tipo (recordemos a Felipe, Andrés, etc). Hay algo que puede pasarse por alto en el texto pero que tiene su importancia; nos referimos al hecho de que un personaje del rango de Nicodemo utilizara el apelativo de Rabí (Maestro) para referirse a Jesús. No cabe duda de que en este primer (que sepamos) acercamiento hubo mucho de respeto y de sincero deseo de conocer el mensaje evangélico. La visita de noche, aunque según la costumbre muchos coloquios científicos tenían lugar a esa hora, puede simbolizar el contraste agudo entre el mundo terreno (representado por Nicodemo) y la Luz que Jesús trae.

No cabe duda de que del encuentro entre Nicodemo y Cristo salió algo más, quizá no una estrecha relación, ni tampoco una total adhesión del primero al segundo, pero ese algo sale a la luz en el evangelio (Jn 7, 50) cuando defiende a Jesús afirmando que antes que el sanedrín lo juzgue sería necesario oírle, ganándose el desprecio de sus colegas que incluso llegan al insulto personal como era llamar “galileo” a alguien de noble ascendencia como él; no olvidemos que los oriundos de Galilea eran tenidos por inferiores y que se hacía mofas sobre su particular acento (algo parecido quizá a lo ocurrido con los habitantes de la bella población onubense de Lepe en nuestro país).

Pero será en la culminación del drama pasionista cuando la figura de Nicodemo cobre importancia junto a la de José de Arimatea. Mientras que éste es el que solicita el cuerpo de Jesús al Procurador Poncio Pilato, aquel centrará su aportación en traer 100 libras de áloe y mirra con los que perfumar el cuerpo del Maestro. Llegados a este punto hemos de decir (tal y como afirma el recordado doctor y cofrade Antonio Hermosilla Molina en su obra “La Pasión de Cristo vista por un médico”) que los judíos no practicaban, por impura, la práctica egipcia de embalsamamiento con extracción de vísceras, uso de productos que evitasen la corrupción y empleo de sofisticadas técnicas de momificación que han logrado que muchos faraones, mejor dicho, sus momias hayan llegado hasta nosotros. Los hebreos, utilizaban los aromas para alejar el hedor de la descomposición y para con ellos reverenciar a sus muertos. No podemos olvidar que tanto uno como otro son considerados por la medicina como antipútridos y antisépticos.

Nicodemo hizo gala de su elevada posición económica, pues la libra griega equivale a 327 gramos de los nuestros, lo que significa que hablamos de ¡32 kilos!, una gran cantidad que suponía en aquel entonces era una pequeña fortuna por elevado precio de este tipo de productos, incluso se ha llegado a sugerir la hipótesis, no confirmada, de que podría haber quizá un error de trascripción por parte del copista de turno.

Llegados a este punto hemos de decir, tal y como afirma el recordado doctor y cofrade Antonio Herrnosilla Molina en su obra "La Pasión de Cristo vista por un médico", que los judíos no practicaban, por impura, la práctica egipcia de embalsamamiento con extracción de vísceras, uso de productos que evitasen la corrupción y empleo de sofisticadas técnicas de momificación que han logrado que muchos faraones, mejor dicho, sus momias hayan llegado hasta nosotros. Los hebreos utilizaban los aromas para alejar el hedor de la descomposición y para, con ellos, reverenciar a sus muertos, no podemos olvidar que tanto uno como otro son considerados par la Medicina como antipútridos y antisépticos. El cuerpo de Jesús sería pues lavado por frotamiento con agua caliente, áloe y mirra.

De ambos tenemos varias referencias, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Mientras que de la mirra (Commifora Abyssinica. Goma-resina producida por ciertas especies barseráceas encontradas sobre todo en Arabia, compuesta de granos irregulares, amarillentos o marrones con un olor característico y sabor amargo, que mezclada con aceites servía como perfume), se hace referencia en los libros de Ester y en el Cantar de los Cantares, por no olvidar el muy conocido pasaje de Mateo en el que tal esencia es uno de los regalos entregados por los Magos al Niño en el pesebre de Belén (con la importante carga simbólica y profética que ello conlleva), el áloe (Aloexylon Agallochom) es citado además en los Salmos, Proverbios y en el ya referido Cantar de los Cantares. Siempre son aludidos como perfumes de lujo y su uso estaba reservado a gentes de elevada posición social.

Como último detalle destacar que llegado el momento del entierro de cuerpo de Cristo, sus discípulos sólo efectuaron la primera parte del ritual hebreo, esto es, el embadurnamiento con mirra y áloe, pues el lavado y unción definitiva estaba previsto que fuera cosa de las mujeres. Sin embargo, éstas encontraron el sepulcro vacío. La Resurrección impidió, obviamente, el final del proceso.

¿Cómo fue la vida de Nicodemo tras la Pasión?. Al igual que comentábamos con su compañero José de Arimatea, una vez pasado su protagonismo en el drama pasionista, la pista de este hebreo se pierde por los vericuetos de la leyenda y la tradición. Al parecer, según algunos autores, Nicodemo sería bautizado en la fe cristiana e incluso ejercería como fervoroso predicador, topando con la animadversión del Sanedrín que llegaría hasta a prenderle, azotarle y desterrarle de Palestina, no sin antes despojarle de todos sus bienes; incluso hay quienes, movidos quizá por una ingenua tradición, se atreven a afirmar (en contra de la secular prohibición judía de ejecutar imágenes o esculturas del natural) que Nicodemo utilizó el cuerpo muerto de Jesucristo como modelo para realizar el primer crucifijo de la historia cristiana y que éste es el venerado desde hace siglos en un templo de Venecia.

Al igual que el de Arimatea, posee su “propio” Evangelio apócrifo, concretamente las llamadas Actas de Pilato (por lo que parece redactadas en el siglo V) y que, ya en el siglo X, comienza también a ser denominadas “Evangelio de Nicodemo”. En este apócrifo de la Pasión destacan sobremanera el episodio de la lanzada del centurión Longinos (episodio muy gráficamente representado en el Paso de la Sagrada Lanzada) y el del descenso de Jesús a los infiernos, muy influyente a posteriori en el arte figurativo.

Para aquellos que deseen profundizar en la vida de este personaje, podemos recomendar las "Cartas de Nicodemo" (1957), obra del escritor polaco Jan Dobraczynski, novela de forma epistolar -con personajes en parte imaginarios, en parte tomados del Nuevo Testamento- en la que el Nicodemo que conocemos por el Evangelio relata a su amigo justo su encuentro con el gran Maestro de Nazaret. Haciendo gala de un exacto conocimiento de las Escrituras, de los Apócrifos y de las costumbres y ambiente de Tierra Santa en los tiempos de Cristo describe con viveza y colorido el paisaje; sabe revelarnos con penetración psicológica la honda humanidad de sus personajes y evoca, a través de testigos indirectos, la vida de Jesús, hasta su muerte y resurrección.

En nuestra Semana Mayor vemos a Nicodemo en seis ocasiones y en cuatro de ellas, es personaje secundario de escenas relacionadas con el Descendimiento y amortajamiento. Así, aparece portando una de las escaleras en los momentos previos en el Paso de Misterio de las Tres Necesidades (Obra del siglo XVII del taller de Roldán, Hermandad de La Carretería) y sobre esa escalera tanto en los pasos de La Quinta Angustia (obra atribuida a Pedro Nieto y taller de Roldán, siglo XVII) y de La Trinidad (obra moderna de Dubé de Luque).

Es necesario reseñar como, en la Alta Edad Media, se acentuó un interés por ampliar las escenas de la Pasión y que de esta del Descendimiento, en la que Cristo es bajado de la Cruz con ayuda de escaleras y sábanas, comenzamos a tener testimonios artísticos en el siglo IX, estando presente en un relieve del Claustro del Monasterio de Silos (año 1103 aprox.). Llegado el momento del amortajamiento, es decir, de nuestro Misterio Procesional, Nicodemo (obra atribuida a Luis Antonio de los Arcos y Cristóbal de Guadix, siglo XVII) porta entre sus manos los atributos de la pasión, corona de espinas y clavos y figura ataviado con elegante túnica bordada, según el diseño de Rodríguez Ojeda.

Cuentan las leyendas de origen medieval que José de Arimatea era más viejo que su compañero y que, según explicaban los místicos en sus visiones, fue el propio Nicodemo el que le rogó tomara el cuerpo de Jesús por los brazos mientras él hacía lo propio por las piernas, tal y como lo vemos representado en la escena elegida por la Hermandad de Santa Marta a la hora de procesionar el Lunes Santo, encargando a Ortega Bru, entre otras, la imagen de Nicodemo (1953). Por último, aparece en el Paso del Duelo de la hermandad del Santo Entierro, siendo obra de Juan de Astorga (1829).

Como último detalle, decir que la Iglesia celebra su fiesta el 3 de agosto.