Nos encontramos en esta ocasión con un personaje que además de tener la inmensa fortuna de ser testigo de las palabras y milagros del Maestro, pudo vivir para poner por escrito lo antedicho en forma de Evangelio. Pero vayamos por partes.
Natural de Galilea, su patria chica bien pudo ser la aldea de Betsaida, poniéndoles sus padres, Zebedeo y Salomé el nombre de Juan o Yehojanam, que quiere decir "Yahvé fue benigno". Junto con su hermano mayor Santiago no tardará en aprender el oficio de pescador, oficio que ejercerá en el lago de Genesareth. Allí puede que oyera hablar de las andanzas de otro Juan, el Bautista, a quien seguirá como discípulo hasta la aparición del mismo Jesús, con quien lo podemos ya ver en las Bodas de Caná, primer milagro del Maestro. Abandonando las redes, le siguió. Fruto quizá de sus pocos años y del ímpetu de la juventud, no tardó en ser apodado por el propio Jesús, en compañía de su hermano, como "bonaergés" (bene ragesh) 0 hijo del trueno (Lucas 9,54), sin olvidar tampoco el episodio evangélico en el que su madre ruega a Cristo que junto a su hermano los siente a derecha e izquierda de su trono.
Prueba de su importante posición dentro del grupo de los Doce Apóstoles es que, entre otros sucesos, está presente junto a Pedro y Santiago, en el milagro de la resurrección de la hija de Jairo, junto a Pero es el encargado de realizar los preparativos en Jerusalén para la Última Cena, durante la cual se sentará junto al Maestro y en cuyo pecho se recostará en un gesto de indudable ternura. Durante la Pasión, tras la experiencia vivida en el Huerto de los Olivos, seguirá a Cristo hasta el Palacio del Sumo Sacerdote y lo acompañará hasta el mismo Gólgota, donde recibirá como último encargo el deber de cuidar de María. Evidentemente, participó en el doloroso trance del descendimiento y traslado al sepulcro, y seguramente viviría horas inciertas en los momentos previos a la Resurrección, acontecimiento del que será el primer testigo al entrar en la tumba y encontrarla vacía. Por último, también gozará de la visión de Cristo Resucitado en el lago de Genesareth.
El "hijo del trueno" continuará la labor de difusión de la Buena Noticia, corroborándola con milagros, como el del paralítico en el Templo de Jerusalén, efectuado en unión de San Pedro y por cuyo motivo serían encarcelados. Liberado de la prisión, sufrirá la persecución anticristiana de Herodes Agripa (anos 52-55), lo que le llevará a la ciudad de Efebo en Asia menor, donde se dedicara a redactar su Evangelio, al menos así lo afirma San Ireneo, discípulo de San Policarpo que, a su vez, lo fue del Evangelista. Los más antiguos escritores hablan de la decidida oposición de San Juan a las herejías de los ebionitas y a los seguidores del gnóstico Cerinto. En cierta ocasión, según San Irineo, cuando Juan iba a los baños públicos, se entero de que Cerinto estaba en ellos y entonces se devolvió y comento con algunos amigos que le acompañaban: "¡Vámonos hermanos y a toda prisa, no sea que los baños en donde está Cerinto, el enemigo de la verdad, caigan sobre su cabeza y nos aplasten!". En aquel lugar le sobrevendría la muerte bajo el reinado de nuestro paisano el emperador Trajano (alrededor del año 100). Y contando la edad de noventa y cuatro años, según el testimonio de San Epifanio, lo que nos habla de una longevidad inusual para aquellas calendas. Cuentan las crónicas de la época que en sus últimos años en este mundo pronunciaba en sus conversaciones una frase que bien puede resumir sus escritos evangélicos: "Hijitos, amaos unos a otros".
Sin embargo, otros autores de la época, como Tertuliano, afirman que bajo el poder del Emperador Domiciano (años 81-96) Juan viajará hasta la misma Roma imperial, donde padecerá el martirio al ser arrojado a una caldera de aceite hirviendo, de la que saldrá ileso, suceso que dará origen al templo de San Juan "Ante portam latinam" de la Ciudad Eterna. Igualmente, Tertuliano afirma que, tras el hecho milagroso, "el hijo del trueno" sería desterrado a la isla de Patmos, en Asia menor.
Las obras que San Juan nos ha dejado consisten en tres Epístolas, el Apocalipsis y su Evangelio, escrito en Efeso como comentábamos anteriormente. Él mismo nos revela el objetivo que tenia presente al escribirlo. "Todas estas cosas las escribo para que podáis creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y para que, al creer, tengáis la vida en Su nombre". Su Evangelio tiene un carácter enteramente distinto al de los otros tres y en él se aboga claramente por el planteamiento de que Jesús es Dios y de que la Verdad es presentada en su total desnudez, hasta con dureza.
Por lo que se refiere a las tres Epístolas, a la primera se le llama Católica, al estar dirigida a todos los otros cristianos, particularmente a los que él convirtió, a quienes insta a la pureza y santidad de vida y a la precaución contra las artimañas de los seductores. Las otras dos son breves y están dirigidas a determinadas personas: una probablemente a la Iglesia local, y la otra a un tal Cayo, un comedido instructor de cristianos.
Como curiosidad, comentaremos que existe un apócrifo "Libro de San Juan", no autorizado como canónico por la Iglesia y que, al parecer, fue escrito en realidad sobre el siglo VI. En él se narra, por ejemplo, la Dormición de la Virgen con gran lujo de detalles, dándose el caso de que acuden al velatorio todos los apóstoles desde el lugar del mundo en el que se encuentran, incluyendo a los ya fallecidos. Siguiendo la bella narración, el colegio apostólico trasladaría el cuerpo incorrupto de la Madre del Señor al Huerta de Getsemani y, desde allí, a la vista de todos, ascendería a los cielos.
Señala San Jerónimo en sus escritos que, cuando San Juan era ya muy anciano y estaba tan debilitado que no podía predicar al pueblo, se hacía llevar en una silla a las asambleas de los fieles de Efeso y siempre les decía estas mismas palabras: "Hijitos míos, amaos entre vosotros ...". Alguna vez le preguntaron por qué repetía siempre la frase, respondió San Juan: "Porque ese es el mandamiento del Señor y si lo cumplís ya habréis hecho bastante".
Según algunos autores, entre los que citamos a Butler (autor de varios volúmenes dedicados a vidas de santos) el "Hijo del Trueno" falleció pacíficamente en Efeso hacia el tercer año del reinado de Trajano, es decir, hacia el año cien de la era cristiana, cuando tenía la edad de noventa y cuatro anos, de acuerdo con San Epifanio.
Era lógico que la figura del Evangelista Juan no pasara inadvertida en nuestra Semana Santa. Si anteriormente analizábamos su presencia constante en los diferentes episodios de la Pasión reflejados en los Evangelios, podemos ver como desde el Domingo de Ramos hasta el Sábado Santo, a excepción del Martes Santo, imágenes de San Juan son protagonistas de diversos pasajes, desde la Entrada en Jerusalén (Paso de la Borriquita, con una imagen obra de Castillo Lastrucci de 1935) hasta el Paso del Duelo (Juan de Astorga, 1829), pasando por un largo itinerario en el que podemos contemplarlo en la Sagrada Cena (Ortega Bru, 1975-1973), Oración en el Huerto (Castillo Lastr ucci, 1950), Beso de Judas (del mismo autor, 1959), Prendimiento (igualmente, 1945), Siete Palabras (tallado por José Sánchez en 1859), Sagrada Lanzada (talla anónima del XVII), Cristo de las Aguas (Luis Álvarez Duarte, 1973), Misterio de las Tres Necesidades (1677, Luis Antonio de los Arcos, finalizado por su suegro Pedro Roldán), Sagrado Descendimiento en la Hermandad de la Quinta Angustia (Pedro Nieto, 1633) y en la de La Trinidad (anónimo), nuestro Misterio de la Sagrada Mortaja, con un San Juan datable en 1670 y procedente de la producción del Taller de Pedro Roldán, y Traslado al Sepulcro (Ortega Bru, 1952).
Hemos dejado para el final la hermosa escena de la calle de La Amargura, en la que iconográficamente podemos contemplar al Discípulo Amado consolando a la Madre del Redentor, pasaje bajo palio que podemos contemplar en los Pasos de la Virgen de los Dolores y Misericordia (con un San Juan obra de Juan González Ventura en 1981), de la Virgen de la Merced de Pasión (1862, Gabriel Astorga), Virgen del Dulce Nombre (obra de Castillo Lastrucci en 1924), Concepción de El Silencio (Cristóbal Ramos, 1752) y Mayor Dolor y Traspaso del Gran Poder (obra nada menos que de Juan de Mesa, 1620) dejando en último lugar la representación del pasaje que nos aparece cada Domingo de Ramos en San Juan de la Palma en el mudo diálogo de la Virgen de la Amargura con un San Juan (gubiado por Hita del Castillo en 1760) y que constituye uno de los grupos escultóricos más expresivos de nuestra Semana Mayor; el "Hijo del Trueno" es ahí un solícito discípulo que parece consolar a María en su amargo dolor.